sábado, 11 de febrero de 2017

Una conclusión tardía y decepcionante.

Siempre me enseñaron que pagar impuestos y ser formal era bueno para el país. Quedé tan convencido de eso que pensé que “los malos” eran aquellos informales que trabajaban fuera del sistema bancario y tributario.

Por eso pagué impuestos durante muchos años pensando que estaba aportando para crear una gran nación. En muchos casos, estos impuestos redujeron mis ingresos hasta en un 40% de forma directa e indirecta (si es que incluimos el impuesto a la renta, el IGV, el selectivo y todos los otros específicos). Pero eso no importaba porque pensaba que estaba construyendo un gran país. Alguien debía de dar el ejemplo.

Tampoco me importó las dos veces que la Sunat quebró mis empresas porque esa maquinaria no sabe diferenciar entre quien “está comenzando” y quien ya tiene “márgenes estables de ganancia”. Implacable desde su diseño, cobra los impuestos anticipados mientras que el empresario tiene que dar crédito y cobrar varios meses después. Pero eso no importaba porque yo pensaba que estaba construyendo una gran nación. Alguien debía de dar el ejemplo.

Llegué a pensar que los malos eran esos informales que se levantaban a la cinco de la mañana para cargar su mercadería “informalmente”, que llevaban de forma “informal” su contabilidad y que de forma “informal” trabajaban hasta la media noche.  Pensé que esos “informales” eran los que no aportaban al país con su trabajo porque estaban en esa otra acera llamada “informalidad”. Adopté como propia la frase que me habían grabado desde siempre “debemos de formalizar al país.”

Llegué a pensar que el estado invertía bien mi dinero, ese 40% que les entregaba de mi trabajo, y que era para el bien de una gran nación. Pensé que los políticos, esos “servidores formales”, eran patriotas que servían a la nación “formal”. Pensé que esta “formalidad” era beneficiosa, justa y equitativa.  Adopté como propia la frase que me habían grabado desde siempre “la formalidad es buena para el país.”

Sin embargo, llegué a una conclusión tardía y decepcionante. Ese dinero que aportaba “formalmente” no construía ningún puente, ni levantaba colegios ni hospitales.  Ese dinero iba a engordar una plaga de delincuentes “formales” llamados políticos. Y llegué a otra conclusión tardía que aquellos “informales”, enemigos declarados del estado, eran los verdaderos patriotas que estaban construyendo con su trabajo un país nuevo. Aquellos que, sin horas exactas, ni beneficios pactados, luchaban por mantener esa eficiencia que el estado en lugar de promover, trababa.  

Por eso, estas líneas más que afirmar lo decepcionado que estoy de esos “políticos formales”, es reivindicar a aquella casta de emprendedores “informales” que siguen luchando por sacar a su negocio, su familia y a su país adelante. Ya habrá algún momento para formalizar. Pero definitivamente, no lo es hoy.